Martes, 7 de noviembre

He salido a correr por el Retiro y, de camino, me he cruzado con una larguísima escolta de coches y motos en torno al Rolls Royce del Rey, que subía Gran Vía. Debe ser por la visita del presidente israelí. Son fascinantes las comitivas; todo el mundo se para a ver quién es el honorable y en qué coche va. En el otro carril de Alcalá, hacia la Cibeles, una manifestación diminuta de trabajadores del ICO que hacían mucho ruido. Qué gran espectáculo somos.

Hace un año que murió Leonard Cohen. Fue lo primero que supe al despertarme y me dejó helado. El duelo se me juntó con la victoria de Trump y no levanté cabeza hasta Nochebuena, cuando vinieron a cenar el padre y el hermano de Ángela a casa y les esperamos escuchando a Cohen y Morente y bebiendo fino. Todavía no he sido capaz —no he tenido agallas— de meterme a fondo en su último disco, en su testamento musical. Me sobrecogen obras tan valientes, que miran cara a cara a la muerte, como el libro de Hitchens. En este año, creo que la canción que más he escuchado de él es Closing time.

Después de la invitación de Ignacio Peyró, hoy he escrito mi primera columna para El Subjetivo.

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