Lunes, 21 de agosto

Cenamos a solas en el patio de una iglesia armenia, en la Via Dolorosa. Según la guía privada de Gerardo, fue totalmente reconstruida por soldados polacos del ejército libre durante la II Guerra Mundial. La Lonely Planet dice que tiene 1.000 años y que es de la época de las Cruzadas. Hay un monumento a los mártires del genocidio, un mosaico de azulejos de Nuestra Señora de la Esperanza de Málaga, un naranjo altísimo y suena la banda sonora de El guardaespaldas de Whitney Houston.

Dos policías se dirigen a la taberna a buscar un té con menta. Son muy jóvenes. Uno es negro, espigado y tímido. El otro, rubio, bajo y con gafas, nos saluda y hablamos un rato. Se llama Ore -creo-, tiene 20 años y le queda un año de servicio militar. Lleva un chaleco antibalas, un casco de kevlar a la espalda y un fusil M16 con dedo en el gatillo. Estuvo hace poco en Toledo y dice que le recuerda a Jerusalén. Pasó diez días con una chica española que conoció en un crucero por Noruega. Le pregunto por su trabajo y dice que es complicado. Le han atacado dos veces con cuchillos y los dos policías que murieron hace poco en la Explanada de las Mezquitas eran amigos cercanos. “Sé que en Europa y en Estados Unidos son antisemitas, pero qué le vas a hacer”, dice. Nos pide un cigarrillo y nos despedimos. Le deseamos suerte.

Por la mañana hemos ido a tomar un espresso a la terraza del Hospicio Austriaco, nuestro campo base. Suena Mozart y el café está realmente bueno. En las plantas superiores hay algunas fotografías antiguas y descubro que se utilizó como hospital en las guerras del 48 y el 67. No sólo los ruidos treparon los muros.

Hemos seguido la ruta de la Via Dolorosa acompañados a ratos por un grupo de japoneses. La entrada por la Puerta de los Leones, la condena de Poncio Pilatos, los azotes, etc. Descubrimos que ya habíamos pasado ayer por casi todos los puntos del calvario, en dirección contraria, en busca del hummus de Abu Taher (que tampoco hoy hemos sido capaces de encontrar). Ángela ha encendido una vela en la iglesia del Santo Sepulcro.

Un guardia a la entrada de la Explanada de las Mezquitas se ha apiadado de nosotros y nos ha dejado pasar, aunque ya estábamos fuera de hora. Ángela se ha puesto pantalones y un pañuelo sobre los hombros. Apenas una foto a la Cúpula de la Roca y ya nos han desalojado. Había unos niños jugando al fútbol.

En la parte cubierta del Muro de las Lamentaciones, los judíos ortodoxos se balancean y cantan. Me he puesto la kipá por primera vez. Puedo hacer fotos sin problemas, nadie me dice nada. Hay dos niños que duermen entre los rezos. Uno en una silla de plástico y otro tirado en el suelo.

Los monopatines eléctricos con luces de colores arrasan entre los niños de la Ciudad Vieja. Van esquivando el pavimento más complicado y, de noche, por entre arcos y velos y templos, recuerdan que ya vivimos en el futuro.

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