Martes, 27 de junio

He ido con mi padre a Aguilar. Tiene algo mi trabajo, en su forma actual, de fotógrafo antiguo, de retratista ambulante a principios del otro siglo. Llego al sitio, planto el trípode, dejo que la gente me observe y, superada la desconfianza, hablo con los que se acercan. Funciona en todas partes.

Voy a escribir un reportaje sobre la industria de las galletas, pero ha hecho mal tiempo y tendré que volver en julio a por más fotos y más vídeo. He hablado con Emiliano, nacido en la desaparecida fábrica de Fontaneda, y trabajador de la empresa el resto de su vida. Los Fontaneda fueron la familia más rica del pueblo y sus problemas y alegrías el tema de los corrillos.

En Gullón, la fábrica pujante, reinventada, que exporta a 112 países y que ha sacado a la comarca de una muerte cierta, he entrevistado a dos trabajadoras. La belleza de la más joven me ha impactado. La belleza pura es un golpe, un aturdimiento, y es escasa.

El bibliotecario, joven, preocupado por salvar la memoria del pueblo, me ha prestado, a las primeras de cambio, un montón de libros sobre el tema de las galletas. Hay una economía de trámites en los pueblos, una resistencia natural a ellos.

Desde el camino al cementerio donde descansan mis abuelos hay una vista preciosa del campanario y el castillo, recortada en la base por un campo recto de trigo que oculta los edificios de los 60. Ha llegado un entierro mientras mi padre recogía flores silvestres.

Me gusta pasar el rato dentro del coche en el aparcamiento de la isla de Santa Marina, con la curva interminable y dorada de la playa de Somo a la izquierda y Santander, lejos, a la derecha. Dos hombres se preparan para bajar a pescar con fusil. Me gustaba mucho antes, pero cada vez disparaba menos. La última vez, cargué trabajosamente las gomas, pero no apreté el gatillo más que para regresar a tierra. Cuando atraviesas un pez con el arpón se retuerce como sacudido por una descarga terrible y lanza, en un instante, miles de destellos plateados. Un pescador de Ibiza me dijo que sentía pena por cada pieza que subía al barco y que era mejor no pensarlo.

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