Jueves, 5 de julio

Llamé a su móvil varias veces. Todavía lo tengo guardado. Al mediodía, por fin, lo cogió. La voz al otro lado del teléfono sonaba como si lo hubiera despertado. Estaba de mal humor. Lo imaginé con una resaca enorme –tenía fama de bebedor–, tirado y desorientado en la cama de su hotel. «Who are you?», repitió una y otra vez en su quebrado inglés. «What do you want?». Yo había viajado hasta Lisboa la tarde de antes en mi destartalado Ibiza para entrevistarlo, según instrucciones de su secretaria Sara. Se lo expliqué –meses después de perseguirlo por París, Sara me llamó un día que yo estaba corriendo en la cinta del gimnasio y me dijo que el señor Lanzmann me vería en Lisboa–. Le expliqué que la noche anterior ya habíamos hablado y que me había dicho que lo llamara por la mañana para fijar lugar y hora, pero no parecía recordarlo. Llevaba conmigo sus memorias, La liebre de la Patagonia, y los DVD de Shoah, El último de los injustos, Sobibor, 14 de octubre y demás. También La destrucción de los judíos europeos de Raul Hilberg por si necesitaba consultar algo antes de la entrevista. Tenía una libreta con notas y una lista azarosa de temas. Tenía la cámara de fotos y dos grabadoras. Estaba nervioso. Le supliqué, le conté que era un pobre periodista español sin dinero que se lo estaba gastando para poder entrevistarlo. Pero Lanzmann no quiso recibirme. No le importó, y recuerdo que se lo perdoné al instante. Me dejó tirado en Lisboa, y al volver hacia Madrid me equivoqué de salida y conduje doscientos kilómetros, perdido como estaba en mis pensamientos, en dirección al Algarve.

Al llegar a París, como digo, unos meses antes, decidí intentar una entrevista con él. Quería escribir un artículo en profundidad, un gran artículo; a ser posible, el artículo definitivo. Escribí a otros periodistas que lo conocían. Todos me advirtieron de la dificultad de la empresa (y de su carácter), y creo que ninguno me dio su contacto directo, salvo un mail de una editorial. En el FNAC de los Campos Elíseos –me sorprendió que no existiera una caja con todos sus documentales– compré un ejemplar de Les Temps Modernes, la revista fundada por Sartre y Beauvoir que todavía dirigía, pero la dirección de la redacción era la del edificio histórico en una calle apacible, como de pueblo, y ya no había nadie allí. Pregunté en una librería de la esquina en mi quebrado francés y me dieron la nueva. Fui a la nueva y le di a un sorprendido conserje una carta con mi petición y mis datos. Meses después, en la cinta de correr, cuando ya ni me acordaba de mi persecución detectivesca en bicicleta por París, Sara me llamó para decirme que habían recibido una carta y que el señor Lanzmann me vería en Lisboa.

Un par de años antes de todo eso, la jefa de la productora de documentales en la que yo trabajaba como becario en Nueva York me invitó a ver un pase privado e ininterrumpido de Shoah en la sala 2 del IFC Center de la Sexta Avenida por el 25º aniversario de su estreno en Francia. Claude Lanzmann estaría presente y respondería a nuestras preguntas tras las nueve horas y veintiséis minutos de metraje –con dos o tres pausas, no recuerdo–. Había oído hablar muchas veces de Shoah, pero nunca me había atrevido a verla. El montador de la productora, mi maestro y amigo Peter, de origen judío, me dijo que no quería verla de nuevo. Eso lo recuerdo muy bien. Creo que hay que ver Shoah seguida, como yo tuve la suerte de hacer. La acumulación de personas y paisajes, el cansancio en la butaca, la cadencia de la voz en off, el propio paso de las nueve horas añaden algo al documental que no sé explicar. Se convierte en una experiencia física. Es un mundo cerrado, absorbente, opresivo; un viaje al límite de la existencia humana. Lanzmann entraba y salía de la sala a oscuras y su presencia cargaba de electricidad el ambiente. Lo vi en una de las pausas, junto a las pizzas y los refrescos, pero no me atreví a saludarlo –al fin y al cabo, todavía no había terminado el documental, no sabía todo lo que luego supe de él y su obra, no había viajado a Israel y visto antes su fascinante ¿Por qué Israel?, no me había gastado los ahorros en el libro de Hilberg–. Salí del cine como si me hubieran arrancado los ojos y me hubieran dado unos nuevos, capaces de ver las cosas de forma más afilada, más real, sin dobleces. Esa noche no quise salir ni beber. Me fui a casa porque no quería arruinar lo que me acababa de pasar.

En este tiempo he pensado muchas veces en dejar algo preparado, un artículo más serio, digno de su altura y su trayectoria, para cuando llegara este momento de su muerte, pero nunca lo hice. De la conversación telefónica en Lisboa me quedé con algo que no he olvidado y que me disuade, muchas veces, de querer entrevistar a mis ídolos: «¿Qué quiere que le cuente? Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Todo está en Shoah».

 

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Jueves, 7 de junio

Por primera vez voy haciendo una lista de lo que he visto y leído. Acabé en una noche La uruguaya de Pedro Mairal, que me llevé de Libros del Asteroide cuando fui a conocer a Luis Solano. Una pequeña joya que da envidia y ganas de escribir. Presto atención a si un libro o una película se me quedan en la cabeza días después. Es un sello de calidad. El Montevideo de Mairal se me ha quedado. Como no lo conozco —preferí alargar el tiempo en Buenos Aires—, es un Montevideo que no debe parecerse en nada al real. Al final del año publicaré aquí la lista.

Veo que Mairal hace figuritas de alambre. Siempre he pensado que debería cambiar y dedicarme a algo manual, físico, que me obligara a tocar madera o tela o tierra. Correr, ponerme en forma, cocinar, ir en bici, hacer figuritas de alambre. Lo que fuera que necesitara poco esfuerzo mental, pocas ideas. De niño hacía maquetas y no se me daban mal. No soy de los que no sabrían qué hacer con la lotería.

Me encuentro a primera hora de la mañana con los vecinos que pasean a sus perros. Saludo y trato de evitar la conversación. Somos como zombies. Zombies con perro —homenaje a Mairal—. El otro día, un señor junto a su diminuto perro me contó que ha venido de Valencia a ver a su hijo que trabaja en un restaurante de Barcelona. Me gusta la gente que te cuenta la vida en cinco minutos y que no se desanima ante el escaso interés que muestras por ella.

Ángela se ha ido unos días fuera por trabajo. Siempre me deja sin mechero. Se puede concluir que Ángela no está porque rebosan las cerillas del cenicero.

 

Miércoles, 6 de junio

Un trueno ha movido las paredes de la casa. Draco se sube a la cama y me mira como si esperara un explicación. Parece que sea de noche mientras pasa la tormenta, la lluvia barre la calle, y el viento mueve los toldos de los chiringuitos. Recuerdo —esa característica aleatoria de la memoria— una mañana en el colegio en la que también se hizo de noche y nos acercamos todos a las ventanas a observar tan extraño fenómeno.

Tienes que escribir en el diario, me digo. Se me van a olvidar todos estos días en la playa, que ayer Draco cazó su primera paloma —conseguí salvarla— y que la selección argentina estuvo toda la tarde en la terraza del restaurante de abajo cantando e insultando a la gente que les hacía fotos desde la verja. También la presentación de la novela de David Jiménez Torres —vino a ver la final de Champions a casa— junto a Cristian Campos y Pepe Albert de Paco y con Arcadi Espada en primera fila, en la librería Documenta. Y la cena de esa noche. Y el vino. Y el paseo nocturno en moto por el Raval. Y el largo viaje para el cumpleaños de la abuela de Ángela. La comida del domingo con Harry y Fleur en Palafrugell con su recién nacido Percy. La mañana en la que Javier Aznar se quedó dormido y la comida en Granja Elena al día siguiente. Todo importante.

Estoy en las últimas semanas de la traducción de la novela y no tengo mucho tiempo. He salido un par de días a estrenar la pelota de básket, quedo a tomar el aperitivo con mi madre, juego al tenis con mi padre. Es extraño estar aquí tantos años después y hacer cosas que hacía, pero más lento, gordo y con alguna cana. Draco se ha dormido a mi lado y la tormenta parece que se aleja.

Miércoles, 2 de mayo

Hace mucho viento. El faldón deshilachado del toldo se mueve sin parar y la luz entra a ráfagas irregulares y rápidas en el salón. Estoy con la traducción, escuchando la banda sonora de ‘Round Midnight, la película de Tavernier con Dexter Gordon como protagonista. Me gustó mucho en su momento, cuando la vi hace años. Suena Fair Weather interpretada por Chet Baker. Pasé una temporada verdaderamente obsesiva con Chet Baker. Hasta me compré una trompeta y empecé clases. Hasta grabé un trozo de My Funny Valentine para una novia que había dejado y quise recuperar. La versión y la propia idea eran tan patéticas que creo que no llegué a enviársela. Hay una edad en la que todos los malditos me llamaban de manera especial, pero con el tiempo he dejado de apreciarlos por los motivos equivocados y muchos se han caído del pedestal. Creo que Baker no, pero no puedo escucharlo. Me deprime. La última vez que sentí su pellizco fue con el impresionante documental Let’s get lost de Bruce Weber. Por esas cosas únicas del show business americano, Baker sale de juerga con el bajista de los Red Hot Chili Peppers. Recuerdo una tarde lluviosa en Amsterdam, con una bici robada que le había comprado a un tío en el cruce de dos canales. Me fui hasta el hotel donde murió Baker y me quedé un rato mirando las ventanas, tratando de descifrar de cual de ellas se tiró o lo tiraron. Había una placa que recordaba el suceso. Era un sitio triste, anodino, como la tarde, impropio de la belleza de Baker. Desoladora ciudad para morir.

Lunes, 30 de abril

Llevo una semana en pantalón corto y empiezo a estar moreno, algo raro en los últimos años. A veces me sorprendo de la tranquilidad en la que vivimos, de las nubes y el sol y el viento, que en la ciudad están recortados y aquí lo ocupan todo y me distraen. Ayer, mientras Ángela se echaba la siesta en la arena, yo escuchaba el Harvest Moon de Neil Young —obsesión de los últimos días— y una señora cruzaba por la orilla con un cachorro, se me ocurrió lo fácil que se vuelve todo en la playa: el mar, la tierra, el cielo, el perro quiere morder la correa, el niño mira al perro, el padre se come un helado. Las cosas sencillas son agradables a la vista.

Viernes, 27 de abril

Necesito un corte el pelo o, al menos, un repaso —ahora que empieza a clarear me lo estoy dejando largo—. He aguantado todo lo posible, esperando un viaje rápido a Madrid y a Daniele, mi peluquero napolitano, pero no hay ninguno a la vista. El de aquí que me lo cortaba hace años ya se ha jubilado. Es decir, estoy vendido, a merced del primer señor con tijeras que tenga un local resultón y venda productos Aveda.

Es muy curioso lo que me ocurre. Se parece a ir al dentista. El simple hecho de sentarme en la butaca anula todo mi carácter. Lo que llevaba pensado de casa me lo callo o no lo sé explicar bien y asisto al avance del desastre como un cordero en el carril de un matadero. A veces incluso asiento y digo que sí, que está bien así. Es un momento de una fragilidad insoportable.