Sábado, 19 de agosto

Con la caída del sol empieza el shabbat y nos cuesta encontrar un sitio asequible para cenar. Acabamos en la galería de atrás del hotel, una corrala de varios pisos que en la planta baja alberga una radio por internet muy conocida. En el primer piso hay un restaurante lleno de treintañeros, donde cenamos. La población de Tel Aviv es joven o solo nos movemos por sus territorios.

En un bar de música electrónica a la salida de la galería tomamos unas cervezas. La terraza estaba vacía cuando llegamos y ahora casi no hay sitio. Es un rincón oscuro y tranquilo, un callejón un poco caluroso. Dos chicas se besan lentamente. No paran de besarse. Hay pocos lugares en el mundo en los que haya visto un beso así sin que suponga ningún problema.

Por la mañana hemos ido a ver unos cuantos edificios de estilo Bauhaus en la avenida Rothschild, la calle Bialik y la plaza Dizengoff. Parece la arquitectura perfecta y hasta una metáfora del Estado que iba a nacer en el 48: atractiva, escueta, funcional. Los judíos alemanes que huyeron en los 30 construyeron estas casas que darían a Tel Aviv el sobrenombre de Ciudad Blanca. Shavit cuenta que en el Israel de principios de los 50, “fueras donde fueras había demoliciones y obras”. El frenesí de dar techo a los cientos de miles de judíos que hacían aliya (emigrar a Israel) desde las ruinas de Europa y las cenizas de su pueblo.

Sigue siendo un poco así, la ciudad está en continua renovación, muchos edificios abandonados y muchas construcciones nuevas por todas partes. En primera línea de playa puedo contar tres rascacielos por terminar. Hay parques desastrados en el centro de la ciudad y faltan capas de pintura por todas partes. Una ciudad inacabada que, quizás, nunca llegue a terminarse del todo. Intuyo lujo y comodidad en los interiores.

Después de comer un helado de chocolate en la calle Dizengoff, llegamos hasta la casita de Ben Gurion, un cubo de hormigón de lo más austero, con una chimenea de ladrillo rojo en el lado izquierdo de la fachada. Luego hemos caminado hasta la playa Jerusalem para bañarnos y esperar a nuestro tercer atardecer. Funciona el wifi del chiringuito en el que estuvimos el primer día y no está tan llena como otras. Se oye el repiqueteo de las palas en la orilla, a veces llega una leve brisa de marihuana. Mañana nos vamos a Jerusalén.

Viernes, 18 de agosto

Sentados en la playa, con la puesta de sol, sabemos del atentado en Barcelona. Estamos cerca, solo nos separa el Mediterráneo entero. De camino al hotel, hablamos para espantar la tristeza, pero es imposible después de ver los cuerpos quebrados sobre Las Ramblas. Mi madre me llevaba de pequeño al McDonald’s de la calle Pelayo donde quedaba con una amiga y pasábamos la tarde. Luego pasaron noches y caminatas, drymartinis en el Boadas y reencuentros con Pablo cuando ninguno de los dos vivía ya en Barcelona. En Israel ocurrieron los primeros atentados con coche. Las sirenas suenan diferentes de camino al hotel. Tantas cosas han empezado en Israel.

Por la mañana, después de tomar un zumo de naranjas de Jaffa, hemos paseado hasta la casa de Simón El Curtidor, donde se hospedó Pedro y abrió las puertas del cristianismo de par en par. Los primeros agricultores de naranjas trajeron árboles de Valencia y, en pocos años, superaron su producción y cubrieron de oro a los primeros judíos del futuro Israel. Lo cuenta Ari Shavit en La tierra prometida. Su abuelo, en misión ordenada por Herzl, desembarcó en Jaffa y supo que allí vivirían. En el puerto grabó Lanzmann a los estibadores que cargaban sacos y sacos de naranjas de Jaffa hacia Europa. En Pourquoi Israël les pregunta si son comunistas, cuando Israel y sus kibbutz eran un faro de la izquierda mundial. Le responden que son socialdemócratas. No queda nada de ese puerto del Jerusalén cruzado y apenas la aduana de los otomanos. Solo el mar es el mismo, brillante y ajeno a nuestras frágiles vidas.

Jueves, 17 de agosto

Primeras horas en Tel Aviv, la ciudad más moderna en la tierra más antigua. Ninguno de los edificios que vemos tendrá más de cien años. Algunos de ellos, encajados entre rascacielos, están abandonados, a la espera de una reforma o de la demolición. En uno de los balcones cuelgan banderitas de plástico de Israel. Es fácil imaginarse un jardín en la puerta, la tierra y una gran nada alrededor, salvo el viejo puerto de Jaffa que ahora, mientras escribo, veo al fondo de la playa.

Me resulta familiar Tel Aviv, como una mezcla concreta de otros lugares: la luz y la calima de Barcelona, los edificios bajos, las tiendas y los callejones de alguna ciudad latinoamericana, un punto de suciedad y caos mediterráneos, los bares de Brooklyn, el mercado de Carmel que podría ser Vietnam o Palermo.

De camino al hotel en Neve Tzedek, por el Boulevard Rothschild, pasamos por delante del museo de la Haganah y del salón donde se proclamó el Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. El edificio, antiguo museo de arte de la ciudad, es pequeño y rectilíneo, y pese al letrero, me cuesta encajar que ocurriera lo que ocurrió. Me pasa a menudo en los viajes, una cierta incredulidad ante la propia experiencia, ante la verdad de lo que veo. Lo dice la guía, pero tardó en creérmelo.

El chico de la recepción se llama Samuel -alto, rubio y bronceado, ojos claros- y nos lleva hasta la habitación decorada de Ikea y con un punto moderno y aburrido que agradezco mucho. Samuel enciende el tocadiscos y pone uno que está colgado sobre el cabezal de la cama, uno de tango de un cantante desconocido. Nos pregunta si eso es español y le contesto que sí, que es argentino. Bajamos a tomar unas cervezas a un bar lleno de marcas alemanas y luego a Tzfon Abraxas, un restaurante que me recomendaron. Es un poco caro y no demasiado bueno, aunque quizás necesitemos adaptarnos a sabores y cuentas.

Por la mañana hemos caminado hasta Jerusalem Beach por las callejuelas del mercado de Carmel. La primera foto que he hecho ha enfadado mucho a un chaval que vendía tomates y he pensado que quizás sería un infierno hacer fotos allí, pero los demás vendedores han sido amables. Hemos comido turrón y unas pastas de pistacho que, diría, son originales de Siria; todo demasido contundente y dulce.

Vamos a esperar al atardecer en la playa, llena de gente joven que bebe cervezas, escucha música y juega al frisbee. Hoy ondea la bandera roja y hay olas y hasta surfistas. La ciudad a nuestra espalda es una línea dentada de rascacielos, algunos por terminar. Por los altavoces anuncian que los socorristas terminan la jornada en quince minutos y que bañarse sin ellos está prohibido. “Por favor, si lo hacen, quédense cerca de la orilla”, termina el mensaje.

Sábado, 12 de agosto

Un misterio el de los dobles en San Vicente. La primera mañana, en el jardín de casa, había una chica idéntica a Iria. Jugaba con un niño pequeño y estuve a punto de saludarla. Al momento me di cuenta de que Iria está embarazada y no tiene un hijo, sino una niña que todavía no camina.

Ayer por la noche, al entrar en el Mimbre, un chico alto, de media melena, acodado en la barra. Por entre la luz naranja parecía Manuel. Un Manuel ajado y tristón, tirando a Nacho Vegas. Luego llegó Manuel y nos presentó a otro amigo todavía más parecido a él. "Separados al nacer", dijo.

Luego la doble de María, pero de pelo negro y expresión también más castigada. Una legión de dobles venidos a menos, versiones de nuestros amigos si les hubieran ido peor la cosas.

Cada mañana nos levantamos por culpa del gallo, del vecino que está aprendiendo a tocar el ukelele y la flauta -no a la vez- y, hoy, por un amable padre de familia que entona la escala cromática a las puertas de casa.

Una enemistad es también una relación; distante y sorda, pero estable como pocas.

Viernes, 11 de agosto

Nos cuenta Antón de la avispa asiática que está colonizando la zona. Las picadas son terribles y acaban con los abejas y las colmenas. En el bar de Rafa, el único que tienen cerca de casa, junto a la carretera, leo en La Voz de Galicia que las llamadas a los bomberos para arrancar nidos de la avispa velutina se han multiplicado en los últimos tres años y que no dan abasto. Nadie sabe cómo llegó.

Salimos de paseo por la tarde y nos paramos en una verja a ver un árbol de kiwis y otro que no sabemos lo que es -ni siquiera los ancianos locales del bar de Rafa-. Antón dice que es un aguacate. Yo que es un higo, pero Rafa me mira mal. Hago fotos por el camino. El 35 mm. se parece a la vista del ojo humano, ligeramente angular. No me convence ninguna.

Después de cenar las sobras de la barbacoa y unos quesos, Antón saca la botella de licor café, riquísimo, un punto picante con el sabor de las hierbas. Hablamos de Nueva York. Hace seis años que volvimos y cuando me recuerda momentos concretos me parecen muy lejanos, envueltos en un aire denso en el que se difuminan los detalles. Bruno duerme en el piso de arriba y oímos algún murmullo a través de un walkie-talkie de sobremesa.

Antón me aprieta con lo de la novela. Desde que le conozco le digo que estoy escribiendo una. Él está dibujando un cómic y nos enseña algunas páginas. Es original, pero todavía no ha nacido y todos los elogios parecen un poco forzados, aunque son sinceros. Los dos compartimos el mismo miedo escénico y derrotas bastante parecidas, pero no nos rendimos, no nos rendimos.

Jueves, 10 de agosto

Llegamos hasta la isla de Areoso, el agua cristalina y el cielo tapado por nubes que llegan del norte. Un rayo de sol ilumina el islote por un momento y es fácil pensar que estamos en la Polinesia. Nos bañamos con el mar a 17°, según una pantallita de dentro del barco. Por la noche, leo que a esa temperatura pierdes la conciencia en una o dos horas y puedes morir en entre una y seis horas.

Vemos el mundial de Londres y pienso en la nobleza del atletismo, en las rivalidades elegantes, como de duelo al amanecer, soterradas entre competición y competición. La inglesa Muir, por ejemplo, entrenando cada día por los caminos de la campiña, entre la bruma, pensando en la keniata Kipyegon, que, a su vez, corre cada mañana por los caminos de las montañas del norte de Kenia, donde también cae la bruma y se planta el té que bebe Muir en Inglaterra. Rivales íntimas y distantes, quizás incluso amigas en otras circunstancias.

Me llaman del periódico para escribir algo sobre el intento de suicidio de Maloma.

Nos encontramos con Antón y María en Ponte do Eume. También está Bruno, redondo y tranquilo como un buda. Viven en una casa preciosa en mitad del monte. En el prado de al lado hay dos caballos que, a la luz del atardecer, parecen de oro viejo. La casa está llena de libros, algunas guitarras colgadas en las paredes. María nos cuenta que puso el cemento entre las piedras. "¡Dos mil kilos de cemento!", dice. Comemos queso y sandía con panceta, un plato que Antón probó por ahí y que le ha quedado buenísimo.

Nos vamos a dormir bajo un edredón enorme. Busco un libro en la biblioteca y elijo El Llano en llamas. Apenas leo unas páginas, pero me quedo asombrado -como cada vez- por lo que Rulfo consigue con solo unas pocas palabras.

Domingo, 6 de agosto

Al poco de salir, encontramos un atasco enorme. Es difícil escribir sobre un atasco en la autopista después de aquel cuento de Cortázar. La mayoría de coches, todoterrenos y otros últimos modelos con matrícula francesa, propiedad de portugueses que vuelven a casa en verano y se desvían hacia el sur en Verín -lo veo en el mapa Michelin de España y Portugal que me hace pensar en El mapa y el territorio de Houllebecq-. Cuando no existía el aire acondicionado y se viajaba con las ventanillas bajadas, el contacto con los ocupantes de los otros coches era más fácil -de niño, daba hasta tiempo de enamorarse-, pero ahora es todo más silencioso y esquivo.

La autopista parte en dos un monte quemado, los pinos que no se han consumido del todo tienen un color terroso, casi dorado, y están petrificados y el viento ya no los mueve. Hay camiones de bomberos por los caminos y alguna columna de humo, como las de los indios en las películas del oeste. Recuerdo un incendio en Sicilia, cuando era pequeño.

Llegamos al Náutico. Hay un grupo tocando una versión que no consigo recordar. Diría que es de Bob Dylan con The Band, pero se me escapa a cada acorde. Después de cenar y de la sobremesa, decidimos irnos a casa. Los demás se quedan. Volvemos por la carretera estrecha y oscura que cruza el bosque. Sopla muy fuerte el viento norte y los eucaliptus altísimos cimbrean por entre la luz de la luna llena. No nos cruzamos con ningún coche. Pienso que ya nunca caminamos de noche por lugares así y siento un miedo leve, una alerta, residuo muy antiguo de mis antepasados.