Lunes, 20 de noviembre

Llevo varios días escuchando Kind of Blue de Miles Davis. La otra noche, estuve hablando de él con Luismi, que es bajista, y se quedaba como embobado al describir la perfección sonora de la grabación. La unanimidad en torno a que es el mejor disco de jazz de la Historia es casi soviética. Davis, Coltrane y Evans en el mismo estudio. Recuerdo el día que lo compré en el FNAC de Barcelona. Fui en tren, después de clase, con un amigo del que he olvidado el nombre y que solo me recomendaba a Led Zeppelin y cosas por el estilo. Debía estar en tercero de BUP. Yo sabía que había algo llamado jazz y que era melancólico y elegante. También que muchos escritores escuchaban esa música y que les daba un toque de distinción. No necesitaba más. Me acerqué a la sección correspondiente y cogí el Kind of Blue, que estaba de oferta. Es como iniciarse en el senderismo bajando el K2. No sabía distinguir una trompeta de un saxo, pero sonaba a música celestial y colmaba mis ansías de quemar etapas rápido y convertirme en alguien interesante.

He empezado a leer la Ilíada, apoyado en Historia de los griegos de Indro Montanelli. Mi conocimiento de los clásicos es prácticamente nulo y trato de remediarlo.

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Jueves, 16 de noviembre

Anoche quedé con P. en el Cock —guardo su identidad, parece discreto—. Estaba solo en la barra, junto a una pareja que, me dijo, acababa de entrar. Es una pena que no funcione la chimenea para noches como esta. Llevábamos tiempo con ganas de vernos, pero no había sido posible. Hablamos del octubre que habíamos pasado, en el que nos escribimos varias veces para decir lo que no se puede decir en público. Una especie de terapia frente al golpe. Compartimos algunas cosas, como el jazz —una vez le convencí para comprar unas entradas para Kurt Rosenwinkel en Barcelona, pero no llegamos a ir—, y me atrae porque va a la suya y piensa, que no es muy común. Además tiene buena planta. Entró una francesa que parecía Blondie en sus mejores años rodeada por tres amigos. “Estos deben ser alguien”, dijo P. Estuvimos buena parte del tiempo despellejando a unos y otros, lamentando el estado periodístico y envidiando a los americanos. “Tengo esa cosa de pensar que son más inteligentes que nosotros”, dijo en relación a Foster Wallace.

Al salir a Gran Vía se despidió en un segundo, apenas un apretón de manos y con la cabeza ya vuelta hacia las luces del cruce con Montera: “Hay que hacer más estas cosas”.

Miércoles, 15 de noviembre

El marido de Joan Didion llevaba siempre unas tarjetitas en el bolsillo interior de la americana para apuntar cualquier idea salvable que se le ocurría. Según cuenta Didion, para él, apuntar o no apuntar las ideas era la diferencia entre escribir o no escribir. Es exacto. Yo lo hago desde hace un tiempo, pero en el móvil. He descartado la estúpida creencia de que si la idea es buena, acaba volviendo. Guardaba esta nota y no había apuntado de quién era —Google ha cambiado hasta la relación con nuestros olvidos privados—. Es de un artículo de Adam O’Fallon Price sobre ficción en autores contemporáneos:

“Igual que un cuerpo humano es, sobre todo, agua, la vida humana es, sobre todo, esperar, matar el tiempo entre los grandes acontecimientos. Pero el carácter de la ficción, como la hemos entendido durante siglos, podría ser definido como “los grandes acontecimientos”. Tradicionalmente, la ficción busca despojarse de lo tangencial e irrelevante, los momentos entre momentos, para crear una versión acelerada de la realidad en las que cosas relativamente importantes llevan a otras cosas relativamente importantes. No es que lo importante no ocurra en la vida real, es que tarda demasiado entre un acontecimiento y otro, y durante el camino, cualquier narrativa se pierde en la banalidad, lo que Lerner, prestado de John Ashbery, describe como el ruido de fondo de la vida.”

Martes, 14 de noviembre

He salido a correr. Hacía bastante frío y, a mitad de camino, he notado que el gemelo derecho no andaba muy bien y he tenido que parar antes de romperme. He vuelto a casa en autobús y me he puesto hielo. Ya había sentido una ligera molestia al salir del portal, pero aunque cada vez escucho mejor a mi cuerpo, no suelo hacerle mucho caso.

Anoche me ocurrió una de esas casualidades inverosímiles. Cerré el libro de Didion justo en un punto en el que dice que va a telefonear al hermano mayor de su marido, que vive en Cape Cod. Su marido es John Gregory Dunne y al hermano le llama Dick. Ahí dejo la historia. Recuerdo que todavía no he buscado nada sobre un libro que, si la prueba va bien, quizás traduzca del inglés. Busco el mail que me envió el editor el otro día: An Inconvenient Woman de Dominick “Dick” Dunne.

Lunes, 13 de noviembre

Por la mañana hasta la zona de los colegios mayores para entregar el vídeo de la entrevista a Posadas. Al salir, he pasado por la Avenida Pablo Iglesias, que tiene un tramo con una especie de acueducto y una subida y una bajada durísimas. Hace algunos años ya, cuando vivía por la zona, solía correr de noche por estas calles casi siempre vacías.

Las primeras páginas de The Year of Magical Thinking de Didion y el librito de Espada, Testimonios europeos, sobre Camba, Chaves Nogales, Gaziel, Pla y Orwell me ratifican en algo que llevo pensando bastante tiempo: que la escritura es un refugio y, para algunos, el único.

Domingo, 12 de noviembre

Tenemos nuevos vecinos. Llamé a la administradora para saber si quedan pisos vacíos en el edificio —un amigo está interesado— y me dijo que se alquiló en horas. Tienen un perro que ladra bastante, pero debe ser un cachorro y los ladridos son suaves y no molestan nada; crean la ilusión de vivir en un pueblo con chimeneas humeantes y no en un quinto piso en el centro. Hay algo en la acústica de los ladridos que me confunde: cuando creo que está en la terraza y salgo a ver cómo es, no hay nadie. A veces aúlla un rato. Anoche le gritamos a través de la pared: ¡No estás solo!

Ayer dimos un paseo por Los Austrias. Vimos salir una boda de la Basílica de San Miguel. Hemos descubierto una terraza tranquila donde da el sol hasta por la tarde. Me gusta entretenerme en los parecidos de Madrid con otras ciudades; donde Madrid es Roma o Lisboa o París. Son pocos esos lugares, a veces solo una ventana o una esquina, pero existen. Puntos de fuga. La terraza parece un rinconcito de Alfama.

Viernes, 10 de noviembre

Ayer por la tarde fuimos a los Renoir a ver Blade Runner 2049. Con todo lo que me gusta el cine, ir al cine siempre me despierta una extraña desazón; antes de entrar en la sala me pongo un poco nervioso y melancólico. También me pasaba con los conciertos y el teatro y la ópera. La única explicación que se me ocurre es la de la imposición de estar en un sitio encerrado con otra gente, a merced de lo que el autor quiera hacer contigo —quizás he pasado demasiado tiempo en clases—. Antes no le daba vueltas a estas cosas; las sufría como algo anormal e incómodo, pero con la edad ya no trato de engañarme, no busco excusas; simplemente, lo acepto. No me gusta ir al cine.

La sala está llena y la pantalla es pequeñísima. A los diez minutos de película, un tipo empieza a roncar. Otro se levanta y le despierta y la gente se ríe. Hacia la primera hora ya se ha acabado el ruido de las palomitas. Ángela se aburre y cuenta los minutos para que se acabe.

La película es un prodigio técnico como no había visto nunca. ¡Qué fotografía! Es ya imposible distinguir, salvo en una escena, qué está hecho por ordenador y qué es real. Es de las obras que empujan al cine al siguiente nivel, pero salgo un poco aturdido: no sé si es una obra maestra, aunque sí sé que las obras maestras suelen producir esta clase de trastornos.

Volvemos caminando a casa por Gran Vía y quiero creer que nunca llegaremos a un mundo tan brutal.

Esta tarde he empezado The Year of Magical Thinking de Joan Didion. Cuando estoy solo en casa —y me acuerdo—, me gusta leer en inglés en voz alta. Cuando me tropiezo con una palabra o no leo adecuadamente una frase, la repito hasta que me sale. Es una manera de no olvidarlo y creo que hasta de mejorar.